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domingo, 21 de febrero de 2016

El alma rota, y aquel que la acompaña

Ella estaba rota. Lo había estado tanto tiempo, que apenas recordaba ya cuando empezó todo. Pasaba noches despierta, envuelta en lágrimas, mientras el resto dormía tranquilo. Jamás hablaba con nadie de ello. Quería ser fuerte, y que nadie se preocupase por ella. Solo alguien que hubiese pasado por lo mismo, podría entenderla. Los días iban pasando. Los recuerdos de ser feliz habían desaparecido, hundidos en el eterno vacío de sus ojos.
Entonces él apareció. Un chico, uno más entre todos. Pero él la vio, y sintió su dolor. Al cruzar sus miradas, pudo sentir su angustia y tristeza a través de sus verdes pero apagados ojos. Sabía ver lágrimas donde el resto veía falsas sonrisas.
Desde entonces, intentó estar a su lado. Ella, asustada al sentirse comprendida, intentó alejarle de su lado, sin resultado alguno. Por más que lo intentaba, aquel chico jamás se rendía. Una y otra vez, le tendía su mano, y una y otra vez la rechazaba. En el fondo, ella soñaba con el día en que la rescatase de su propia oscuridad, y se odiaba por ella. Se sentía sucia, egoísta, diciéndose a sí misma que nadie más debía compartir su sufrimiento, sin saber que eso mismo era lo que más le entristecía a él.
Al mismo tiempo, el chico no podía evitar sentir un nudo en el estómago. Se sentía culpable por no poder aliviar su pesada carga, sintiéndose un completo inútil. Hizo una promesa tiempo atrás, y no conseguía llevarla a cabo. Un pacto consigo mismo y con los demás. Él jamás dejaría tirado en el camino a alguien. Si el camino se hiciese cuesta arriba para los demás, si el sol se ocultase bajo espesas nubes de tormenta y el gélido viento no les dejase proseguir, el se haría cargo de todo. Les llevaría a cuestas, les protegería, lloraría con ellos, siempre a su lado, sin irse jamás. Dispuesto a soportar las cargas de los demás, aguantar su dolor en lo más profundo de su roto corazón. Esa era su voluntad, marcada al rojo vivo en lo más profundo de su ser.
Llego el día en que ella se giró, derrumbándose al fin. Golpeándole el pecho con sus manos, gritándole por qué se esforzaba en ayudarla a alguien como ella, que no merecía ser salvada. El chico la contemplaba con ojos tristes, escuchando sus desgarradores gritos. En ese momento, la rodeó fuertemente con sus brazos, dejando que descargase su rabia y tristeza, que la volcase en él. Ya calmada, y entre sollozos, ella le volvió a preguntar:
-¿Por qué?
Y él, esbozando una sonrisa de comprensión, respondió:
-Yo he sufrido como tú. He llorado, me he sentido abandonado y sólo. Desde entonces, no quiero ver más sufrimiento en aquellas personas a las que quiero. Por eso no te abandono, porque... te quiero.
Y, por fin, ella le aceptó bajo las estrellas, fundiéndose como la cera en un abrazo.


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